La amnesia táctil del mundo moderno.
Una especie de encefalograma emocional. Hoy vivimos en la dictadura del “tocar sin tocar”. Pantallas lisas, superficies planas y clics fantasma que no dejan huella. Y así también queda nuestro cerebro: plano, sin pliegues, sin memoria sensomotora.
El interruptor de luz que me encontré en un bar es un pequeño héroe. Te obliga a mover los dedos, a girar, apretar, empujar, a recordar que el cuerpo piensa antes que la mente.
Cada pliegue del gesto abre un surco en el cerebro, y sin manos en movimiento, nos deslizamos hacia la amnesia táctil, una especie de Alzheimer tecnológico donde creemos que deslizar un dedo es lo mismo que crear. El tactilismo moderno nos quiere sin uñas, sin huellas, sin el barro y la arcilla de lo real.
Hoy un simple interruptor nos recuerda que un dedo que desliza sobre vidrio no enciende la vida; la vida despierta cuando la mano recuerda que también piensa.




