—Decidme, Magdalena —dijo María
—¿cuántas veces llamamos realidad a una sombra?
—Muchas más de las que quisiéramos, María.
—¿Y por qué razón?
—Porque llevamos tanto tiempo abrazándola que ya no sabemos distinguir entre la sombra y nuestros brazos.
María quedó pensativa.
—Entonces, ¿también puede uno equivocarse con aquello que ve?
—No solamente con aquello que ve, sino con aquello que cree que está viendo.
—Pues no parece poco desatino.
—Es el más común de todos.
—¿Y cómo se cura?
Magdalena miró hacia el camino.
—Con desengaño.
—¿Y eso qué medicina es?
—Una medicina que primero quita y después revela.
—No entiendo, Magdalena.
—El desengaño llega cuando descubres que aquello que dabas por realidad estaba construido sobre una ilusión.
María abrió mucho los ojos.
—¿Queréis decir que uno puede pasarse media vida defendiendo un mundo que no existe?
—Exactamente.
—Pues menuda desgracia.
—No, María.
—¿No?
—Menuda oportunidad.
María se rascó la cabeza.
—¿Y dónde está la oportunidad?
—En descubrir que estabas equivocada.
—¿Y eso es motivo de alegría?
Magdalena sonrió.
—Depende de cuánto ames la verdad.
María guardó silencio.
—Entonces —dijo al cabo—, ¿el desengaño no consiste en perder algo?
—Consiste en perder una imagen.
—¿Y qué queda cuando se pierde?
Magdalena miró nuevamente al horizonte.
—Lo que había debajo de ella.
María suspiró.
—Pues eso sí que es extraño.
—Lo extraño, buena María, no es que la ilusión caiga.
—¿Entonces?
—Lo extraño es descubrir cuánto tiempo estuvimos llamándola realidad.
—Yo creía que este mundo era esto Magdalena. Y ahora descubro que estaba equivocada.
—Eso, María, es mucho más interesante que la simple tristeza.
🙏🏽
Verónica MG
El desengaño de la sombra.
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