Ur fue una de las grandes ciudades-estado de Sumer, en la Baja Mesopotamia (actual sur de Irak), activa desde el 3800 a.C. aproximadamente y muy influyente en los períodos sumerio y acadio.
En Ur se rendía culto principalmente al dios-luna Nanna (o Sin), que representaba los ciclos y la regularidad del tiempo. Eso ya nos pone en la pista: la religión mesopotámica estaba muy atenta a la dualidad de fuerzas cósmicas —día/noche, orden/caos, vida/muerte— que se equilibraban en un tejido más que en una guerra final.
A diferencia de los textos de Qumrán o del cristianismo primitivo, en Sumer no aparece la etiqueta “hijos de la luz”. Pero sí trabajaron con símbolos semejantes:
- La luz lunar como guía nocturna (Nanna-Sin).
- El sol como garante de la justicia (Shamash/Utu).
- El caos primordial (Tiamat, en la tradición acadia-babilónica) enfrentado al orden cósmico establecido por Marduk.
Entonces, aunque no haya una mención directa a “Hijos de la Luz”, podemos decir que las culturas mesopotámicas ya estaban pensando el mundo en términos de polaridades arquetípicas (luz/oscuridad, orden/caos, vida/muerte).
Lo interesante es que para ellos no era una lucha escatológica hacia un final absoluto (como en Qumrán o en ciertas visiones apocalípticas modernas), sino un ciclo constante: el orden debía ser reafirmado una y otra vez.




