«Una potencia de actuar para defender la vida en su cualidad de enlazada».
La dulzura es una potencia, una fuerza que no se organiza alrededor de la dominación, sino alrededor del cuidado de lo que vive.
Cuando decimos que la dulzura no puede ser un elemento de minorización, afirmamos que las prácticas del cuidado, la escucha, la ternura, la hospitalidad y la atención no pertenecen a un rango inferior de la experiencia humana. La historia de las sociedades patriarcales y productivistas ha tendido a relegar estas capacidades al ámbito de lo privado, de lo femenino o de lo secundario, mientras exaltaba la competencia, la conquista y la dureza como expresiones legítimas del poder. Sin embargo, sin dulzura ninguna comunidad se sostiene.
La dulzura es una tecnología de la vida enlazada y hace posible la confianza, la transmisión, el aprendizaje, la amistad, el amor y la cooperación. Allí donde la violencia fragmenta, la dulzura teje. Allí donde el miedo aísla, la dulzura crea vínculo. Allí donde la lógica del rendimiento agota los cuerpos, la dulzura devuelve la posibilidad de habitar el tiempo y la relación.
Por eso, defender la dulzura es defender una política de la interdependencia. Significa reconocer que ninguna vida existe sola, que estamos constituidos por los lazos que nos sostienen y que la vulnerabilidad compartida no es un defecto que haya que superar, sino una condición fundamental de nuestra existencia común.
La dulzura no aparece cuando desaparece el peligro; aparece precisamente allí donde la existencia es vulnerable. Es la capacidad de permanecer abiertos al otro sin reducirlo, de sostener la fragilidad sin convertirla en objeto de control. En este sentido, la dulzura no es lo contrario de la fuerza, es una forma distinta de fuerza.
La dulzura, entonces, no es un refugio sentimental frente a la dureza del mundo. Es una práctica ética y política que protege las condiciones mismas de la vida. No busca vencer al otro, sino impedir que el vínculo se destruya. No persigue la supremacía, sino la continuidad de aquello que nos permite existir juntos.
Una aproximación más breve para compartir con la comunidad podría ser, llegar a entender que la dulzura no nos hace menores, nos hace más capaces de sostener la vida. Es una fuerza relacional que protege los vínculos de los que dependemos para existir. Frente a la lógica de la dominación, la dulzura no retrocede, crea mundo, cuida lo común y mantiene abierta la posibilidad de la vida compartida.
En palabras de Dufourmantelle, la dulzura, es, una potencia de actuar para defender la vida en su cualidad de enlazada.
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Ministerio Rumbo Divino

Para la configuración del Alma Colectiva.
Verónica MG




