Adopta un fantasma propio

La sombra pide ser reconocida.

Tratar con personas que viven entre proyecciones es como hablar con un teatro de marionetas: las cuerdas son invisibles, pero las ves moverse. Te sientas a tomar café, y en su mente ya estás representando al padre, a la madre, al perro perdido y al político corrupto… todo en la misma taza.

Así que la próxima vez que alguien te proyecte encima su sombra, sonríe y piensa: “Qué bonito, hoy me ha tocado ser el villano de tu inconsciente. A ver si mañana me dan un papel más divertido”.

La sombra pide ser reconocida, y al abrazarla, deja de perseguirnos y se convierte en guardiana de nuestra integridad. Lo que liberamos en nosotros, memorias olvidadas, complejos infantiles que dictaban nuestra ceguera, se libera también en la trama colectiva.

Así, la sombra de la Tierra se aligera, como si el inconsciente mismo respirara.

Cada fantasma adoptado abre un resquicio de Luz.

No es invocar oscuridad, es devolverles su lugar en la danza del alma.

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